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EN EL 150 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE SANTAYANA RECORDAMOS SU ÚLTIMA VISTA A ÁVILA.
Autor: Jesús Mª Sanchidrián Gallego
[2013-12-18]
El pasado 16 de diciembre se cumplieron 150 años del nacimiento de nuestro paisano de adopción Jorge Ruiz de Santayana (1863-1952), un pensador, filósofo y escritor universal, coetáneo de aquella generación de finales del siglo XIX, y un abulense de criazón, como escribió Jacinto Herrero.

Es por ello que retomamos ahora con especial cariño la última estancia en Ávila, y en España, de este ilustre intelectual, la cual tuvo lugar en 1930 cuando visitó Zorita de los Molinos, el pueblo de su familia de Ávila, donde el contacto con la naturaleza virgen de esta tierra le llenó de emoción.

El campo y el medio rural hasta entonces le habían sido ajenos a Santayana, lo que le producía un sentimiento de vacío en su conocimiento sobre una parte de la vida humana.

Y así, escribió a su hermana Susana que vivía en Ávila:

«El amor a los campos y el ambiente campesino fue una de las carencias tremendas de nuestra educación, y ahora lo siento como una incapacidad y desventaja permanentes».
Por ello, quizás, cuando escribe su autobiografía en su retiro de Roma en 1942, dedica un bello capítulo al campo y los campesinos abulenses:

«El campo invade la ciudad todos los viernes por la mañana, y llena el mercado de campesinos y mercancías rurales... El campo había creado la ciudad».

Efectivamente, es en la autobiografía del filósofo donde no sólo el campo, sino Ávila y España, cobran el verdadero valor que tuvieron en su vida, puesto que apenas hay nada sobre ello en el lado literario del escritor, tal y como reconocía él mismo.

Recordando entonces el último viaje de Santayana a Ávila, y a propósito de la fotografía captada por Luis Sastre en Zorita por tierras de Mingorría, es bueno reivindicar su obra, así como su contribución literaria al «abulensismo», coincidiendo ahora con la onomástica de su nacimiento hace 150 años.

Santayana nació en Madrid, se crió en Ávila desde los dos hasta los nueve años, se educó en Boston, fue profesor en Harvard (EE.UU.), divulgó su pensamiento filosófico a todo el mundo desde las universidades de América y Europa, escribió numerosos libros y artículos, pronunció incontables conferencias, y fue un viajero infatigable, un trashumante, un hombre con «espíritu de frontera», como dijo Jiménez Lozano.

Además, según Fernando Savater, tenía un estilo correcto y era un cosmopolita culto, un poeta y un erudito penetrante.

Santayana fue un pensador, filósofo y escritor universal, coetáneo de aquella generación de finales del siglo XIX. Su pensamiento es inclasificable, y de él se ha dicho que es materialista platónico, nihilista irónico, ateo espiritual y conservador sin compromiso político.

De sí mismo dejó dicho:

“Cuanto más me limpio a mí mismo de mí mismo, mejor ilumino ese algo en mí que es más mí mismo de lo que soy yo: el espíritu”.

Después de alcanzar la cima de su carrera en Harvard, un día de 1912, recuerda Jiménez Lozano, en plena clase de sus cursos en la universidad se acercó a la ventana y se percató de que los árboles estaban florecidos, quedó pasmado de su belleza, como si en Ávila florecieran palmeras en diciembre bajo la nieve, tomó su sombrero y se despidió de sus alumnos: «Señores, ha llegado la primavera», y nunca más volvió a una clase.

Entonces se trasladó a Europa, viviendo principalmente en París, Oxford y Roma, donde falleció en 1952, teniendo siempre presente la ciudad de Ávila.

Santayana, quiso ver y tener en Ávila un punto de apoyo elevado –un «locus standi»– desde el que asomarse al mundo y hacer su interpretación de la historia y de la vida humana, contrastando su ideal cultivado en la distancia con la realidad de una ciudad que visitaba en continuos y frecuentes viajes.

En su autobiografía recuerda con emoción:

«Latiéndome el corazón como buscaba los nombres de las últimas estaciones, Arévalo, luego Mingorría, tras la cual, el cualquier momento, podía esperar ver a la derecha las perfectas murallas de Ávila».

Eran los mismos años en los que Azorín situó el escenario de su cuento «Los vascos de Mingorría ».

En la ciudad amurallada Santayana tuvo siempre su hogar familiar. Primero en la casa de su padre, sita en la plaza de Santa Ana, hasta que éste falleció en 1893. Luego en la casa de la plaza de Novaliches, donde vivía su hermana Susana, casada en 1892 con Celedonio Sastre, viudo y con seis hijos.

Celedonio había sido Alcalde de Ávila entre 1877 y 1878 y de él escribió Santayana:

«Era un propietario y también abogado, y poseía una finca a poca distancia de Ávila (en Zorita de los Molinos-Mingorría), yendo a caballo, y una casa en la ciudad, pero su empleo principal era actuar de apoderado para dos o tres grandes propietarios (Duque de Valencia y Duque de la Roca) que tenían fincas en la provincia y vivían fuera».

Cuando en el verano de 1930 Santayana hizo su último viaje a estas tierras tuvo oportunidad de contactar con el ambiente campesino en Zorita y Mingorría, a la vez que parecía reencontrarse con los últimos deseos de su padre, mientras recordaba una carta de 1893 (incluida por Pedro García Martín, su mejor traductor y excelente investigador en «El sustrato abulense de Jorge Santayana») donde le decía:

«Tengo mucha esperanza de verte este año... Como has tenido gusto en venir otros años, desde hace diez, no dudo que le tendrás ahora con el gran motivo de ver a Susana en su nuevo estado (de recién casada)... En el verano pasará temporadas en Zorita durante las labores de la cosecha, y me parece que te divertirás mucho allí algún que otro día. Bueno fuera que pudieras también ir. La vida del campo alegra y remoza... Zorita! ¿Te gustaría ir a Zorita cuando esté allí Susana? A mí me gustaría mucho, si estuviera más útil».

Ya en otra ocasión, en una carta del 12 de noviembre de 1888, su padre le había hecho referencia a los vinos de Zorita. Unos vinos de excelente calidad, por los que Celedonio Sastre obtuvo la medalla de plata en la Exposición Universal e Internacional de París en el año 1900.

En esta visita del verano de 1930 a Zorita, acompañado de Rafael y la familia Sastre, otro recuerdo asaltó a Santayana:

«En 1906, visitando el museo del Louvre en París en compañía de Rafael Sastre, éste sacó un cuaderno y un lapicero e hizo un esbozo de una de las obras, con un apunte sobre el colorín: “cuando vuelva a Zorita (la finca de su padre), dijo, haré uno como éste”».

Anteriormente a este último viaje de Santayana por tierras abulenses, su hermana Susana había fallecido el 10 de febrero de 1928, por lo que Celedonio decidió entonces construir una ermita en su honor, y en el de su primera esposa y el de su hija.

La ermita se levantó en la finca «La Aldehuela» en Zorita, al sitio de «la encina sola», dedicada a San Antonio, San José y Santa Susana. También, como último gesto de caridad cristiana, en 1928 Celedonio Sastre donó al Ayuntamiento de Mingorría un cercado de casi treinta y cinco áreas al sitio de «Los Herrenales» y el «Azafranal» para la construcción de escuelas para el pueblo. En agradecimiento, una calle lleva su nombre.

La inauguración de la nueva ermita tuvo lugar el día 13 de junio de 1930, en la festividad de San Antonio, poco después de la muerte de Celedonio que había tenido lugar un mes antes. La inauguración se hizo en una misa oficiada por el arcipreste de Mingorría, don Valeriano Bermejo, y los curas de Pozanco y Peñalba, con asistencia de los vecinos de Zorita y la familia Sastre.

En el verano de 1930 se reunieron en Zorita los hijos de Celedonio, acompañados de sus mujeres e hijos. También estuvo Santayana y el hijo de su hermano Roberto, Jorge Sturgis, siendo retratados delante de la ermita recién inaugurada. Y aunque ahora Santayana estaba en lugar sagrado, Ávila había hecho al filósofo, al filósofo escéptico, quien al despedirse de Ávila escribió:

«Habiendo quemado así mis naves..., dije adiós a Ávila y a España, sin duda para siempre. No derramé lágrimas. Retuve en mi interior todo lo que quería o podía ya disfrutar de España».

No obstante, por la correspondencia con la familia Sastre, su familia, conocemos sus deseos de ser más joven para poder volver a Ávila. Y también sabemos de su regalo navideño de una y dos libras a cada uno de los trece nietos de Celedonio, a los que consideraba sus sobrinos. Y siempre pensando en Ávila hasta su muerte.

Santayana hubiera preferido ser enterrado en Ávila, donde fallecieron su padre y su hermana Susana, pero le asustaba la “anticuada” sociedad española:

“(Ávila) no habría sido un mal sitio para apartarse del mundo, pero la sociedad española, y su vida pública, no me atraían en absoluto, eran una verdadera barrera; y no era sólo que yo estuviese demasiado extranjerizado, si no también que España no era bastante España. Mi vida ha transcurrido durante la peor época de su historia. Cien años antes, o cien años después, pudiera no haberme dado ocasión para mi alejamiento”.

Antes de su muerte, Santayana expresó su deseo de ser enterrado en un cementerio católico, pero en una parte neutral, en coherencia con su posición de católico ateo que decía vivir en lo eterno.

Sin embargo, dado que la zona que imaginaba Santayana estaba dedicada a suicidas y cuerpos no identificados, pensó como alternativa en un cementerio protestante.

Al final, la muerte le sorprendió recordando Ávila, su tierra amada, y soñando en España, lo que ocurrió pocos días después de renovar su pasaporte español y causa de un accidente sufrido en el consulado de Roma.

Y como no dejó ninguna instrucción escrita sobre su funeral, fue enterrado en el panteón español del cementerio romano del Campo de Verano, donde figura el siguiente verso que dejó escrito:

“Cristo ha hecho posible para nosotros la gloriosa libertad del alma en el cielo”.

Y nos dejó el siguiente poema titulado ‘Epitafio’:

“Belleza y juventud que nutríais la llama
que aquí quedó extinguida, callad su nombre amado
pues él no yace aquí. Dondequiera que estéis
él ama nuevamente y muere con vosotros.
Coged rosas silvestres y agitad los laureles
para vestir su gloria, no su falso renombre”.

En reconocimiento a la figura de Santayana, y por su vinculación familiar con estas tierras, el Ayuntamiento de Mingorría acordó, el 4 de diciembre de 1987, denominar el colegio público de la localidad con el nombre de Jorge Santayana.

Varios años después, en 1991, el Ayuntamiento de Ávila le dedicó una calle, Y lo mismo ocurrió, posteriormente con un instituto de enseñanza secundaria de la capital al que también se le dio su nombre, el cual ha organizado para estos días un interesante programa de actos de homenaje.